Eddie Rickenbacker y la Primera Tradición

En nuestra primera Tradición hay una historia que pocos conocen; leamos este fragmento y a continuación, la historia del naufragio de Eddie Rickenbacker. Que lo disfruten:

… Con el mismo fervor con que antes luchamos y oramos por nuestro restablecimiento personal, comenzamos nuestra búsqueda en los principios que permitieran la supervivencia de A.A. En millares de yunques de dolorosa experiencia se martilló la estructura de nuestra Sociedad.

Incontables veces, en multitud de ciudades y aldeas, pusimos de nuevo en escena la historia de Eddie Rickenbacker y sus valientes compañeros, cuando su avión se desplomó en el Pacífico. Como nosotros, ellos se vieron repentinamente salvados de la muerte, pero flotando sobre un mar peligroso. Qué bien sabían ellos que su bienestar común era lo más importante. Ninguno podía ser egoísta en cuanto al agua o al pan. Cada uno tenía que pensar en los demás, y sabía que en su fidelidad con los otros estaba su fortaleza. Y tuvieron la suficiente como para lograr sobreponerse a los peligros y defectos de su frágil embarcación, así como a todas las pruebas de incertidumbre, dolor, temor y desesperación, y a la muerte de uno de ellos.

Así ha ocurrido con los a.as. Mediante la lealtad y el esfuerzo, hemos logrado sobrevivir, a pesar de grandes pruebas e increíbles experiencias. Esas lecciones viven en las Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos, las cuales —Dios mediante— nos conservarán unidos hasta cuando El nos necesite.

(Fragmento 1ra. Tradición, 12 Tradiciones de A.A.)

La historia del naufragio de Eddie Rickenbacker

Eddie Rickenbacker, se dio a conocer por primera vez como automovilista de carreras. Después fue el número uno entre los ases de la aviación norteamericana de la primera guerra mundial. Su nombre ya se había hecho célebre cuando ganó la medalla del Congreso, el honor máximo que concede su país. Diseñó y fabricó automóviles, fue empresario del autódromo de Indianápolis, creó una línea aérea y, en la cumbre de su carrera, fue héroe de una de las epopeyas más dramáticas de la segunda guerra mundial, al caer en el Pacífico el avión en que viajaba.

He aquí —relatada por su protagonista principal— una historia tan increíble que no podría ser imaginaria.

Había llegado el momento de preparar el avión para caer al mar. La hora calculada para llegar a la isla de Cantón, diminuto punto del Pacífico meridional, era las 9: 30 de la mañana.  de 21 de octubre de 1942. Pero ya era bien pasada la una y aún no habíamos avistado esa lengua de tierra de 12 por 6 kilómetros. Para todos era evidente que nos hallábamos en grave peligro. Había fallado todo intento de determinar nuestra verdadera posición y nos que daba ya muy poco combustible.

No nos explicábamos por qué nos habíamos perdido hasta que al navegante se le ocurrió que el octante debía de marcar inexactamente. Habíamos salido inicialmente en otro avión pero al arrancar en el aeropuerto de Hawaii le estallo una rueda que le hizo dar un violento bote contra el suelo. Aquella sacudida, decía ahora el navegante, pudo haber echado a perder el instrumento.

Eramos ocho los ocupantes del avión: cinco tripulantes, yo, mi ayudante el coronel Hans Adamson y un joven subalterno de Marina llamado Álexander Kaczmarczyk, a quien acababan de dar de alta en un hospital de Hawaii e iba como pasajero con destino a Australia donde se reincorporaría a su unidad (“Llámeme Alex, mi general”, me había dicho cuando nos presentaron; “mi apellido es impronunciable”.).

Alex y yo nos encaminamos con presteza a la cola del avión, donde comenzamos a arrojar al mar todo lo que pudiera aligerar de peso al aparato. Echamos afuera varios sacos de correo, los catres y las frazadas que habíamos usado aquella noche, una gabardina que yo habla comprado hacía dos semanas en Londres y    una preciosa maleta de viaje que me regalaron en Navidad los empleados de la Eastern, Air Lines, de la cual era presidente.

Guardamos solamente una pequeña provisión de víveres y varios termos llenos de café y agua. Esto lo colocamos en un compartimiento bajo la escotilla de escape que pensábamos usar cuando hubiésemos descendido sanos y salvos en el mar.

Pocos meses después del ataque a Pearl Harbor, se me había enviado a menudo a misiones similares a esta, por encargo del Secretario de la Defensa, Henry Stimson, a inspeccionar bases aéreas en los Estados Unidos y la Gran Bretaña, y volvía después a Washington a informar. Este viaje al Pacífico tenía un propósito más: era yo portador de un “super secreto”, un mensaje verbal de Stimson al general Douglas MacArthur. Nuestro itinerario había sido trazado de Hawaii a Cantón, a las Fidji, de ahí a Australia, y luego al norte hasta Port Moresby (Nueva Guinea), donde estaba el cuartel general de MacArthur. Era una ruta tortuosa, debido a que la línea recta entre Hawaii y Nueva Guinea, pasaba por territorios dominados por los japoneses.

Sentí inclinarse la proa cuando el piloto coloco el avión en descenso de planeo lento. Nos quedaba ya muy poco tiempo. Me metí un mapa dentro de la camisa y por una corazonada de última hora cogí una soga de 60 pies y me la arrolle a la cintura. El piloto y el copiloto estaban sujetos a sus puestos con los cinturones. El resto nos acolchamos con los paracaídas, para protegernos del choque. Por una ventanita podía ver que el mar estaba bastante picado. En eso trepidó y se paró uno de los motores.

—¡Sujétense! —grité—. ¡Ya viene! Pegamos contra el agua con un estruendo más fuerte que un trueno, pero el avión se paró rápidamente y se mantuvo a flote. Nuestro piloto había realizado un amaraje perfecto. Rápidamente comprobé que estaba ileso. Pero algunos de los compañeros no habían tenido igual suerte. El golpazo de la caída le había sacudido hacia adelante la cabeza  al coronel Adamson, causándole torceduras del cuello y la espalda. Y el radiotelegrafista sargento James Reynolds, muchacho delgado que había estado trasmitiendo el “S. O. S”. hasta el final, fue lanzado contra el tablero de la radio. Le chorreaba sangre de una cortadura que tenia en la nariz.

Por viajar como pasajeros, Adamson y yo fuimos los primeros en salir. Mientras los demás me empujaban de abajo, me impulsé contra el borde de la escotilla para salir sobre el ala. Las olas apenas la barrían. Los demás nos siguieron con rapidez El avión iba equipado con tres balsas salvavidas. Dos de ellas se describían como para cinco personas e iban almacenadas en los costados del aparato. Se habían soltado automáticamente. La tercera, balsa para dos, fue sacada por la tripulación a través de la escotilla  y se infló mano, El oleaje era hasta de cuatro metros, y el avión iba undiendose, pero todos logramos pasar a las balsas. La pequeña zozobró al instante, pero los dos que navegaban en ella pudieron enderezarla otra vez. La fuerte brisa alejó las balsas del aeroplano que aunque parcialmente hundido, todavía flotaba.

—¿quien tiene el agua ? —gritó alguien!

Miré dentro de nuestra balsa. No estaban allí los termos: tampoco estaban en las otras. Se nos habían olvidado también las raciones. Habíamos acumulado cuidadosamente nuestros avíos bajo la escotilla de escape, y luego, en medio de la confusión de la caída, los habíamos dejado atrás.

—Regresemos a recogerlos —dijo alguien:Pero resolvimos no hacerlo. El avión había permanecido ya tres minutos en la superficie y podría hundirse súbitamente.

Aquel fue otro error. El aparato permaneció a flote casi tres minutos más. Después, lentamente, la cola se levantó en alto, quedó en esa posición, con elegancia, por un breve instante, y desapareció bajo las olas. Miré el reloj: eran las 2:36 de la tarde, hora de Honolulú, del 21 de octubre de 1942. Estábamos a la deriva, sin agua ni alimentos, en medio del océano Pacífico. Peor todavía: las ultimas señales de socorro trasmitidas por Keynolds habían quedado sin contestación. Ninguno —y nosotros menos que nadie— sabia donde estábamos.

¿Qué oportunidad hay de rescate?

Nuestra balsa iba llena de agua hasta la mitad, así que al punto comencé a achicar viejo sombrero de fieltro gris. Mi mujer había amenazado con tirarlo a la basura por lo menos una docena de veces; pero bien que justificó su existencia en esos primeros minutos. Vi que el bastón, que usaba desde que sufrí una herida reciente y con gran cuidado había llevado conmigo hasta la balsa, me era totalmente inútil. Lo contemplé por un momento y luego lo eché al agua,

—El Señor no quiso enseñarme a caminar sobre las olas —les expliqué a mis compañeros.— Entonces nos preparamos a ponernos” tan cómodos como fuera posible. No era cosa fácil. Quienquiera que fuese el que determinó las dimensiones de la llamada “balsa para cinco”, estaba pensando en enanos. Su interior medía 3 metros por 70 centímetros. Adamson, muy dolorido de la torcedura de la espalda, ” estaba acostado en el fondo. Yo iba sentado en un extremo, atravesado, con los pies colgando sobre el gran tubo en forma de rosquilla que nos mantenía a flote. El tercero de los pasajeros, el soldado John Bartek, se sentaba en ángulo, con la cabeza hacia Adamson y los pies tras de mi espalda. En la otra balsa de cinco se hicieron arreglos similares.

Pero en la tercera, en que iban John De Angelis, el navegante, y Alex, el del apellido impronunciable, la situación era imposible. El único acomodo que podían encontrar era dándose la cara, descansando los pies mutuamente en los hombros del otro. Complicaba el asunto el hecho de que Alex había tragado agua salada al volcarse la balsa, y ahora tenía náuseas. “Al alejarnos a la deriva del lugar donde se había hundido el avión, observé sombras negras bajo el agua. Pronto vi romper la superficie una ominosa aleta triangular: tiburones… largos monstruos de aspecto maligno. Ojalá no hubieran venido a cenar.

Era importante que nos mantuviésemos juntos. Por eso desenrolle la soga que tenía arrollada a la cintura y amarramos un trozo a cada embarcación. El capitán WiIliam Cherry, hijo, nuestro, piloto”, simpático tejano que usaba perilla y acostumbraba llevar botas de vaquero con tacón alto, ocupaba la balsa delantera. Con él iban también el copiloto, teniente James Whittaker, y el radiotelegrafista Reynolds. Nuestra balsa venía en seguida, unos seis metros atrás  y finalmente la de Alex y De Angelis, al igual distancia

Una vez acomodados, comenzamos a analizar nuestra situación. En cada balsa había una cantidad limitada de equipos de salvamento, tal como cubos de achicar, cuchillos brújulas. Además, Reynolds encontró dos sedales de pesca, con sus anzuelos. Pero no había carnada. También descubrimos una pistola Very y 18 bengalas.

En cuanto a víveres, no estábamos totalmente desprovistos. El capitán Cherry tenia consigo cuatro naranjas pequeñas. Resolvimos economizarlas y se guardaron. No teníamos ni una gota de agua, y previne a todos contra el peligro más obvio en nuestro caso:

—El agua salada puede matarlo, a uno —les dije—; no importa cuánta sed tengan, no prueben ni una

gota. Entonces establecimos un sistema de turnos de Vigilancia de dos horas, para asegurarnos de que alguien estuviese despierto y atento en todo momento.

Al caer la noche, se formó una bruma sobre el mar, y aunque virtualmente nos hallábamos navegando sobre la línea ecuatorial, hacia un frío que calaba los huesos. El mar seguía picado aun, y el agua nos salpicaba constantemente. Pese al terno de lana y a la chaqueta de cuero, sentí entonces mas frío que nunca Todos recibimos con beneplácito la luz gris del amanecer. La hora del desayuno. Cherry sacó sus cuatro naranjas. Después de varios minutos de debate, se resolvió que las haríamos durar ocho días, comiéndonos una cada 48 horas. Me honraron con el doble deber de repartir la primera y cuidar de las otras tres. Habíamos arrimado las balsas, y siete pares de ojos me vigilaban mientras dividía la naranja en ocho partes iguales. Ningún experto cortador de diamantes trabajó jamas con mayor concentración, y las porciones quedaron tan aproximadamente iguales como podía esperarse. Todos se comieron inclusive las semillas, bagazo y cascara … menos Cherry y yo. que guardamos la corteza para usarla descarnada en los anzuelos… pero, los peces no le hicieron caso, ¿Donde estábamos? Cada cual tenia una teoría diferente. El capitán Cherry y yo opinábamos que un fuerte viento de cola nos había llevado más allá de Cantón y que habíamos caído al noroeste de la isla. Saque mi mapa. Si nuestra hipótesis era correcta, estaríamos en las proximidades del archipiélago de las Gilbert, 645 kilómetros fuera de la ruta y dominado por los japoneses. ¿Deberíamos lanzar bengalas ? El consenso de la opinión fue de arriesgarnos disparándolas a intervalos regulares durante la noche. Esto al menos nos infundía alguna esperanza. Pero el largo día trascurría lentamente. El ardiente sol nos achicharraba y caímos en una especie de estupor. Solo al caer la noche renació nuestro interés.

Ante la decepción de todos, la primera bengala no ardió. La “segunda estuvo un poquito mejor, y la tercera estalló, formando una brillante bola de fuego roja. Suspendida de su paracaídas, quedo colgando sobre nosotros por un tiempo que pareció una eternidad… tal vez 90 segundos. Ilumino todo nuestro pequeño mundo balsas, náufragos y mar—  con una luz espectral que hería la vista. Era seguro que cualquier barco lo avión la habría podido ver. Cuando se extinguió, dejándonos en las tinieblas de la noche, más negra que antes, abrigamos la esperanza de que algún ojo avizor habría observado nuestra señal y de que una partida de salvamento se hallaba en camino. Estábamos mas animados la conversación era entusiasta, incluso alegre. Pero al irse prolongando la noche sin que se oyera ningún avión, volvió a decaer nuestro, espíritu.

Teníamos que encararnos con la perspectiva de quedar flotando a la deriva en el océano durante varias semanas o mas. Y con ello llegamos a la inevitable comprensión de qué algunos de nosotros podríamos morir.

Accidente afortunado

Más que ninguno de los que andaban en aquellas tres balsas, quizá más que todos ellos juntos, me había enfrentado yo a la muerte antes. Como corredor de automóviles al principio del siglo, y como piloto de avión de caza en la primera guerra mundial, en Francia, la conocía bien. En realidad, toda mi vida había estado llena de emocionantes y peligrosas aventuras. …

… La última naranja

El mar estaba como un espejo y nuestras balsas flotaban perezosamente sobre su superficie ligeramente ondulada. El sol nos abrasaba. No podíamos escapar de él. Nos enrojecía la piel, nos hacía ampollas y dejaba en carne viva y sangrantes. Continuamente llenaba mi sombrero de agua y me lo calaba en la cabeza hasta las orejas. Pero, aun con esa protección, sentía los ardientes rayos del sol. A los que, como Reynolds, habían resuelto al abandonar el avión, quedarse en calzoncillos, el día entero era un tormento.

La pequeñez de la balsa hacía todo ya estábamos temerosos, deprimidos y atormentados. Cuando impensadamente un compañero se movía, raspándonos la carne viva era natural que montáramos en cólera. Todos decíamos… cosas de las que después nos arrepentíamos. No podíamos mantener las balsas completamente secas y se nos hacían llagas de la constante exposición al agua salada. Comenzaban por una “erupción” rojiza que causaba salpullido; luego se convertían en chichones duros, más dolorosos que forúnculos. Se formaba pus, revendan las cabezas de los lobaniIlos y nos quedaban llagas abiertas, que no sanaban. Nos llenábamos de ampollas mientras nos rodeaba toda aquella agua fresca, de color esmeralda. En un principio nadie había pensado meterse en el mar; las aletas que nos rodeaban no la hacían muy atrayente. Pero tal era la intensidad del sol que, al intensificarse el calor, el miedo se nos fue disipando. Finalmente, en el tormento del mediodía, él teniente Whittaker dijo: Qué ¡importa! y muy cuidadosamente se fue deslizando dentro del agua. Todos contuvimos la respiración. Los tiburones no le hicieron caso, Cherry siguió el ejemplo. Al fin todos se bañaron menos. Adamson y yo. Pero no era un alivio completo. El agua salada picaba y ablandaba la piel, de modo que el sol la quemaba aun más.

Dividimos la segunda naranja durante la cuarta mañana, y nuevamente tratamos Cherry y yo de pescar con trozos de la corteza. Podíamos ver los peces muy cerca, relucientes y deliciosos, pero no les tentaba la carnada que les ofrecíamos.

Al quinto día resolvimos que era mejor comernos la tercera naranja. Se tomo tal determinación principalmente en bien de los que iban enfermos. Alex era el que estaba peor. Había tomado el avión todavía convaleciente (había sufrido una apendicectomía en Hawaii y padecía además de ictericia). Clamaba lastimosamente por agua; no supe sino hasta un par de días mas tarde que de noche había estado bebiendo agua del mar. De Angelis se despertó una vez y lo encontró agachado sobre la Borda, ingiriéndola a grandes sorbos. No era de extrañar que el muchacho padeciera. Es sabido que el agua salada suele enloquecer de sed a los hombres. Podíamos ver que iba debilitándose cada vez mas, y yo sabía que no podría durar. Durante el día estaba asándose al sol. De noche le tiritaba todo el cuerpo. Sin embargo, nada podíamos hacer por el.

Nos comimos la última naranja al sexto día. Se había evaporado gran parte del jugo y estaba comenzando a pudrirse. Hubiera sido inútil guardarla mas tiempo. No obstante, fue un error comérnosla. La última fruta “arrugada había sido”, un símbolo, algo en que cifrar las esperanzas. Ahora no teníamos absolutamente nada.

Casi inmediatamente, algunos de los náufragos comenzaron a padecer dolores de hambre tan intensos que no podían controlarlos. Los muchachos empezaron a hablar.. de manjares y bebidas. Cada cual expresaba sus antojos especiales. El capitán Cherry tenía predilección, por el helado de chocolate, Reynolds hacía recuerdos en voz alta de diversos refrescos.

De pronto comencé a sentir un sabor familiar en la boca. trabajaba con Duesenberg en Des Moines, mi almuerzo había consistido siempre en un vaso de leche con chocolate, con un huevo adentro. Hacía 25 años que no lo había vuelto a tomar, pero ahora lo deseaba tanto que literalmente podía saborearlo. Sentía en la boca la sensación del líquido espeso, frío, dulce. la lengua se me movía involuntariamente, e hice intención de tragar. Pero nada tenía que tragar.

Un regalo del cielo

Siempre he estado plenamente consciente de la existencia de un Gran Poder superior. Aprendí a orar en las rodillas de mi madre, y nunca me acuesto de noche Sin antes arrodillarme a dar gracias. Pero la religión había sido siempre para mí cuestión reservada, personal,  y no había practicado desde la niñez, ninguna forma exterior del culto Ahora, por primera vez en tantos años, comprendí que debía compartir mí fe con otros y ayudarles a encontrar la fortaleza a través de Dios.

Les insinué que arrimáramos las balsas y orásemos Bartek llevaba consigo un librito con el Nuevo Testamento; leyó de él un pasaje y pasó el libro. Cada cual fue hojeándolo hasta encontrar algo adecuado a la situación. El Salmo 23, que estaba citado en el texto era, particularmente adecuado. Bajo el sol ardiente del Pacifico sin limites, encontré nueva belleza en sus palabras familiares.

Realizábamos aquellas reuniones dos veces al día, y cada sesión concluía con una oración que alguno de nosotros recitaba. Las palabras eran a veces vacilantes, la gramática imperfecta, pero los sentimientos siempre sinceros. Después cantábamos himnos. No conocíamos bien la letra de todos, pero lo hacíamos lo mejor que podíamos: entre nosotros había algunos cínicos y descreídos; pero después del octavo día cambiaron. Porque ese día nos ocurrió un pequeño milagro

Cherry leyó los servicios esa tarde y terminamos las oraciones con un himno de alabanza. Hubo alguna conversación, pero por el calor opresivo se fue apagando. Con el sombrero calado hasta las orejas, trataba de guarecerme del resplandor. Me había adormecido sin darme cuenta.

Algo se me paró en la cabeza. Supe qué era una gaviota; no tenía manera de saberlo, pero lo sabía. con toda certeza. Todos la habían visto, pero permanecieron inmóviles y absolutamente callados. Mirando bajo el ala del sombrero pude ver las expresiones de sus caras. No quitaban la vista del ave. Debía ser nuestro sustento. Milímetro a milímetro comencé a mover la mano hacia el sombrero; lenta, lentamente. Sentía temblar , todo mi cuerpo, pero tal vez sólo me lo imaginaba, porque el pájaro permanecía allí. Ya llevaba la mano a  altura del ala del sombrero Fue muy grande la tentación de lanzar un manotazo repentino, pero no podía arriesgarme … no sabía exactamente en qué punto preciso se hallaba posada la gaviota. Subí, poco a poco la mano abierta hasta donde calculaba que debía de estar. Luego cerré los dedos y las patas me quedaron apresadas en la mano. La operación de retorcerle el pescuezo duro aproximadamente un segundo y la de desplumarla otro tanto. La cortamos después en ocho partes iguales. La carne cruda era oscura, musculosa, dura, con cierto sabor a pescado . . . pero deliciosa. La masticamos lentamente, con huesos y todo. Eso fue tan solo el primer plato. Reserve los intestinos para usarlos de carnada. Cherry, para que pesara más el sedal, le puso una sortija, y echo el anzuelo sobre la borda. Inmediatamente picaron la carnada. Era una macarela de unos 30 centímetros de largo. Yo eché el mío y cobre un robalo pequeño. Después puse manos a la obra de repartir la macarela. También estuvo deliciosa, mucho más que la gaviota, y pareció aplacarnos la sed además del hambre.

Para nuestros estómagos encogidos, tal cena de dos platos fue un banquete opíparo. Nos levanto el animo. Hasta los más enfermos, Alex y Hans, comieron su porción, y al parecer les sentó muy bien. Todo a causa de una pequeña gaviota a centenares de kilómetros de tierra. Y no hubo ninguno de nosotros que no estuviese consciente de que el pájaro apareció inmediatamente después de terminar nuestras oraciones. Para algunos pudo ser mera coincidencia. Para mí, fue un regalo del cielo. …

… Después de ocho días de abrasadora calma, sin una gota de agua hubo amagos de lluvia. Hicimos planes muy minuciosos para guardar toda el agua que pudiésemos. Para recogerla, empaparíamos la ropa y luego la exprimiríamos dentro de los dos cubos de achicar que teníamos.

Cayó la noche y yo me adormilé. De pronto desperté sobresaltado. Fuertes ráfagas de viento agitaban las olas. Las balsas se bamboleaban, poniendo tirante la cuerda que, las unía. La Luna y las estrellas. se habían ocultado y el cielo estaba negro, iluminado solo por relámpagos Nos quitamos la ropa que pensábamos usar, Adamson se quito hasta los calzoncillos y la alistamos.

Pasó una hora, luego Trascurrió otra y otra más. Cayeron algunas gotas aisladas. Eché la cabeza hacia atrás y, abriendo la boca, dejé que, el fresco y dulce líquido me cayera en la cara, los labios y la lengua. Nada hasta entonces —ni después— me había sabido mejor.

Pero apenas nos rozaba el borde del chubasco. Nos rociaron solo unas cuantas gotas. Allá en la distancia veía yo sectores negros cruzados por relámpagos.

—La tempestad está allá —grité—, vamos a ella.

Solo teníamos tres canaletes de aluminio. Pusimos manos a la obra, remando desaforadamente, y gritando mientras avanzábamos: “¡Aquí, lluvia, aquí!”. El aguacero nos cayó, ya no por gotas sino a chorros. Nos llenamos de júbilo. El agua pura nos lavaba la sal incrustada en la carne y nos bañaba las llagas y las heridas. Pero solo por un momento nos divertimos con ella. Era preciso comenzar inmediatamente a recogerla. Primero tuvimos que lavar la ropa que íbamos a exprimir, y los cubos. Para quitarles toda la sal tuvimos que enjuagarlo todo varias veces. El viento aullaba, las olas nos zarandeaban, los truenos y los rayos nos rodeaban por todas partes, pero no cejábamos en el trabajo de recoger agua.

De pronto, una sacudida fuerte hizo girar nuestra balsa en redondo. Volví la cabeza a tiempo para ver zozobrar por completo la del capitán Cherry. Mi temor inmediato fue por Reynolds, el más débil de los tres, pero a la luz del próximo relámpago vi tres cabezas junto a la lancha volcada. Los tres estaban asidos del cabo pasamanos. Bartek y yo halamos la balsa hacia nosotros. El individuo resuelto que no se da por vencido es capaz de cualquier cosa, y así lo probaron Cherry, Whittaker y Reynolds esa noche tenebrosa, al ayudarnos a enderezar la embarcación y después colaborar entre sí para volver a bordo y reanudar el trabajo.

Habíamos perdido un tiempo muy valioso —amén de uno de los dos cubos—, pero nuevamente pusimos manos a la obra con todo empeño. Exprimir la ropa me rompía la piel de las manos quemadas y ampolladas que comenzaron a sangrar en una docena de puntos. Sin embargo, casi no lo notaba: nuestro objetivo era llenar el cubo. Cuando nos abandonó el chubasco y terminaron la lluvia y el viento, como por la acción de un interruptor eléctrico, habíamos acumulado litro y medio, poco más o menos. Todos, además, logramos beber una cantidad pequeña de agua, exprimiendo en la propia boca las prendas mojadas.

Pero estábamos aún en lamentable estado de deshidratación. Unimos las balsas para celebrar un consejo: ¿Qué haríamos con el agua que teníamos? Se resolvió racionarla en las proporciones mas prudentes. Después de mucho debate decidimos repartir una cucharada por persona al día. Todos deseábamos la primera ración inmediatamente. Sin más discusión medí las porciones. Fue, sin duda, el agua más sabrosa que jamás hubiéramos probado.

Al día siguiente nos comimos los trozos de pescado restantes y tomamos nuestra ración de agua. Pero nuevamente volvió a tornarse negro el porvenir; entramos en otro período de sequía y los tiburones se nos llevaron los sedales antes de que pudiésemos pescar más.

No tuvimos suficiente comida ni bebida para evitar que empeorara Alex. Por él votamos aumentar la ración diaria de agua a cuatro cucharadas, y luego a seis. Pero el pobre iba decayendo muy rápidamente. Todos nos apiadábamos de aquel muchacho quemado que tiritaba sin cesar. Tenía novia en su pueblo, y en la cartera llevaba su retrato, al cual solía quedarse mirando; a veces yo le hablaba o rezaba por él.

Propuse que Alex y Bartek cambiaran puestos, con la esperanza de que en nuestra balsa, que era más grande, pudiera aquel descansar mejor. No fue fácil trasbordar su cuerpo semiconsciente. Esa noche, al llegar el frío y comenzar él a tiritar, lo arrimé a mí como haría una madre con su hijo, tratando de darle algo del calor de mi cuerpo y compartiendo la protección de mi chaqueta de cuero. Dejó de tiritar y parecía haberse quedado dormido. De vez en cuando rezongaba en polaco, dirigiéndose a su novia y a su madre, pero parecía descansar un poco.

Dos noches pasamos así; a la tercera pidió que lo pasáramos otra vez a su balsa. Después, en la oscuridad, escuché un suspiro profundo y luego vino el silencio. Nuestro pequeño sargento ya no sufría.

Tan impresionante fue la presencia de la muerte, que los demás náufragos despertaron. Todos parecían saber ya que Alex había fallecido. Esperamos hasta el amanecer y le dimos sepultura en el mar.

A los 19 días

Durante los días que siguieron, el ánimo de todos fue decayendo cada vez más. Tras presenciar el milagro de la gaviota, los muchachos esperaban otro, y al no producirse los invadió la desilusión y el desencanto.

Si alguien estaba destinado a seguir los pasos de Alex, me parecía que iba a ser Hans Adamson, mi mejor y más íntimo amigo de entre todos los que iban en las balsas. El dolor desesperante de la espalda no lo abandonaba. Sus llagas eran las peores. Por ser danés de tez clara, no se le había tostado la piel y no tenía resistencia al sol. Su cuerpo entero era una masa de pulpa roja. Se le estaban paralizando los miembros. Aunque lo ignorábamos, padecía ya de una neumonía lobular y de otras dolencias graves debidas a la inanición. Ver acabarse ante mis ojos a aquel hombre fue una dolorosa experiencia.

Una noche me despertó un movimiento extraño de la balsa. Se había desequilibrado. Hans no estaba recostado contra mí. Me erguí con un sobresalto. No estaba ahí. Luego vi algo en el agua y le eché instintivamente la mano. Era la cabeza de Adamson. Lo agarré por el hombro. Era casi un peso muerto y a duras penas podía sujetarlo.

Llamé a Cherry y a Whittaker, y entre los tres logramos por fin subir al enfermo a bordo. Nada se dijo aquella noche. Al amanecer Hans pareció recobrar la serenidad. Comprendió que se había dejado dominar por la desesperación. Estaba arrepentido. Con un gesto patético de valentía hizo una mueca con los labios quemados, remedo de una sonrisa, y me ofreció la mano enrojecida y palpitante.

Mi respuesta fue una de las acciones más difíciles que jamás he emprendido. Y me resultó tanto más penosa puesto que ignoraba los días de vida que aún le quedaban a Hans. Podría morir con esto como último recuerdo mío. Pero hice de tripas corazón. Tenía que hacerle comprender de alguna manera.

—Yo no doy la mano a tipos como tú —le dije con voz deliberadamente áspera y fría—. Tienes que probar primero lo que vales.

Echó la mano atrás y no dijo nada por lo pronto. Me di cuenta de que pensaba, se analizaba a sí mismo, decidiendo si optaba por la vida o por la muerte. Y creo que fue entonces cuando tomó la resolución de renovar su voluntad de luchar para vivir.

A los demás también los aguijoneaba. No podía permitirles que pensaran en la muerte. A algunos los estimulaba hablándoles con la suavidad y la dulzura de una madre. Pero a otros los fustigaba sin misericordia.

Uno de ellos me gritó:

—¡Rickenbacker, usted es el más malvado y el más irascible tal-por- cual del mundo!

Sonreí para mis adentros. Si podía enojarse así conmigo, podría también luchar con la muerte.

Más tarde me enteré de que varios de mis compañeros juraron solemnemente que continuarían viviendo sólo para tener el placer de sepultarme en el mar. Ojalá lo hubiese sabido entonces. Me hubiera agradado.

Día tras día íbamos derivando hacia el occidente. Cherry y yo suponíamos que estábamos al norte y al oriente de las rutas marítimas y aéreas. Esto significaba que andábamos en mala dirección para el rescate. Tratamos de remar con los canaletes, pero nos faltaron fuerzas para hacerlo.

Una noche pasaron sobre nosotros varios chubascos, y trabajamos hasta el amanecer empapando la ropa y exprimiéndola en el cubo solitario que nos quedaba. Cherry usó su chaleco salvavidas como recipiente, y recogió tanta agua como yo. Así pudimos volver a la ración de cuatro cucharadas diarias.

Los tiburones seguían acompañándonos, y una noche, al pasar un banco de macarelas, los peces grandes se volvieron locos cazando a los chicos. Las macarelas saltaban al aire, tratando de escapar. Una cayó dentro de la balsa de Cherry; otra en la mía. Constituyeron nuestro banquete para los próximos días. Algunos peces diminutos, especie., de sardinas, se congregaban alrededor de las balsas, poniendo las bocas contra los costados. Con rapidez, tino y un poco de suerte los que aun estacamos sanos –Cherry, Whittaker, De Ángelis y yo pudimos cojerlos con la mano. Los compartimos con los otros. Eran frescos, húmedos y crujientes al masticarlos.

Diez y nueve días. Por la tarde. Mar encrespado. Miraba por casualidad hacia la balsa de Cherry y lo vi erguirse de pronto en actitud de expectativa, la cabeza alta, mirando hacia el horizonte por el sur.

—¡Un avión! —gritó. Oigo pasar un avión.

También lo oí yo. Forcé la vista en esa dirección, pero sólo alcancé a ver un negro chubasco a unos ocho kilómetros. Entonces, de las nubes surgió el aeroplano, volando bajo y rápido. Era un monomotor dotado de pontones, e iba alejándose de nosotros. Podría ser norteamericano o japonés pero en eso no pensamos entonces. Ya se nos habían acabado todas las bengalas, así que sólo podíamos gritar y agitar los brazos. Sostuve a Bartek por las rodillas, para que pudiera mantenerse erguido. Agitó los brazos y gritó hasta que cayó extenuado.

Teníamos las gargantas secas de tanto vociferar. Pero el avión siguió volando hasta desaparecer. El piloto no nos había visto. Fracaso … y triunfo. …

… La muerte se nos presenta disfrazada de amiga compasiva. Todo es calma y serenidad. Qué maravilloso sería simplemente abandonar, flotando, el mundo. Morir es fácil.

¡Para vivir hay que luchar!. …

… Paseo sobre un ala

De alguna parte tenía que haber venido aquel hidroavión. De él hablamos durante toda la noche.

—Si hay uno, tiene que haber más —dije yo—. Es la mejor noticia que hemos tenido.

Al día siguiente aparecieron dos aviones más, del mismo tipo. Tampoco nos vieron. Y a la mañana siguiente pasaron otros cuatro. Nos decayó el ánimo. Éramos muy difíciles de ver. Nuestras lanchas diminutas eran apenas puntos en el océano; casi no podían distinguirse de las crestas blancas de las olas.

Pasó la tarde y el día siguiente. No vimos más aviones. Tal vez, sin saberlo, habíamos flotado a través de un grupo de islas y estábamos otra vez fuera del alcance de las patrullas.

A Cherry se le ocurrió algo que juzgué una locura. Quería tomar la balsa pequeña y alejarse remando solo. Eso me parecía de lo más imprudente. Las tres embarcaciones juntas serían más fáciles de ver que una sola. ¿Y cómo sabría qué dirección tomar? Pero Cherry estaba resuelto. Sólo pude desearle buena suerte. De Angelis le entregó su bote y Cherry se alejó a golpe de canalete.

Después Whittaker y De Angelis quisieron seguir su ejemplo. Nuevamente me opuse. El pobre Reynolds se hallaba con ellos inconsciente en el fondo de la balsa. Me parecía injusto con él Pero se marcharon. Al anochecer, ambas balsas Habían desaparecido de la vista. Me Había quedado solo con Adamson y Bartek. Ninguno de ellos estaba en condiciones de enterarse de lo que, estaba pasando. Yo tenía que levantarles las cabezas para verterles en la boca sus raciones de agua.

Aquella noche fue larga. Al salir el Sol el viernes 13 de noviembre. Hacía un calor insoportable. Llevábamos 24 días en alta mar. Estuve, vigilando constante y atentamente, pero parecía que los tres —dos compañeros inconscientes y yo— estuviéramos solos en el mundo. Ni siquiera una gaviota cruzaba por el firmamento. Luego, ya bien entrada la tarde, sentí que Bartek me tiraba de la camisa. Me había quedado dormido; él estaba despierto: —Oiga, mi capitán . . . ¡Aviones!. Eran dos Adamson y Bartek estaban demasiado débiles para ponerse en pie, y tampoco tenían fuerzas para sostenerme si yo lo intentaba. Así que tomé mi viejo sombrero y lo agité repetidas veces por encima de la cabeza. Los aviones, volando bajo, nos pasaron por encima y siguieron camino. No sabía yo si mis compañeros podrían durar otra noche.

Media hora después volvimos a oírlos salían del sol, directamente hacia nosotros. Les gritamos excitadamente, agitando los brazos sin cesar.

Esa vez sí nos vio el piloto,. Aprecié que nos había visto. Nos sonrió . y contesto a nuestras señas. Era un hidroplano de la Armada.

El primer avión hizo un círculo completo alrededor de la balsa, luego salió en busca del otro. Cuarenta y cinco minutos después, aproximadamente, volvieron. Uno se quedó en el airé, describiendo círculos. Por fin, ya cayendo la tarde, bajó haciendo un acuatizaje sobre el mar picado. Remé para acercarme y me agarre a uno de los pontones.

El piloto era el teniente William Eádie, que me dijo:

—Esta en camino un barco torpedero, pero tengo miedo de encender una luz. Puede haber japoneses por los alrededores. Propongo que nos deslicemos sobre la superficie del agua hasta la base. Queda a unos 65 kilómetros. —Vamos —le dije. —Ya encontraron a los demás —me informó.

Éramos los últimos. Estábamos cerca de las islas Ellice, a unos 800 kilómetros al sudoeste de Cantón.

En la cabina no cabía sino uno de nosotros, y Adamson era el más enfermo, así que Eadie  y el radiotelegrafista nos colocaron a Bartek y a mí en las alas, donde nos sujetaron. Después comenzamos a andar sobre la superficie del océano. “Gracias a Dios”, repetía yo una y otra vez: “Dios salve a la Marina”. Nuestra dura y larga prueba había terminado.

Los siete sobrevivimos a aquella aterradora experiencia. Por mi parte me repuse rápidamente. De 82 kilos de peso, había bajado a 57; pero bebiendo jugos de frutas por litros y comiendo de todo lo que veía, en dos semanas recobré nueve kilos. El primero de diciembre pude volar otra vez sobre el Pacífico, para celebrar la entrevista con el general MacArthur.

Uno de los resultados de nuestra azarosa aventura fue que se rediseñaran por completo los equipos de salvamento. Las balsas inflables se hicieron más anchas y más largas, se dotaron de velas y de avíos de urgencia, como alimentos concentrados, vitaminas, estuches de primeros auxilios y aparejos de pesca con la debida carnada. También se equiparon con radios y con pequeños destiladores químicos para convertir en potable el agua salada del mar.

Pero de todos los cambios que se deben a esos 24 días que pasamos en el Pacífico, el mayor se produjo en mi persona. Siempre había sido devoto privadamente, aunque muchos de mis amigos jamás lo habían sabido. Después de nuestro rescate, que atribuí directamente a la Providencia, no vacilé más en exteriorizar mis verdaderos sentimientos.

El periodista Ray Tucker escribió: “Rickenbacker se ha convertido en evangelista sin saberlo. Hoy se le nota en los ojos un fulgor y en la voz un timbre que no son de este mundo.

Ray se equivocó solo en una cosa: Yo sí lo sabía. Desde los días de mi aventura del Pacífico, la fe en Dios ha sido parte activa y abierta de mi vida.

( Extracto tomado de Selecciones del Reader’s Digest, septiembre de 1968

Condensado del Libro”Rickenbacker An Autobiography”©1967, por Edward V. Rickenbacker)

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11 comentarios en “Eddie Rickenbacker y la Primera Tradición

  1. excelente y motivador la narrativa con frases exactas para las tareas que uno debera enfrentar en cualquier circunstancia de la vida… un dia a la vez ó solo por hoy.

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