Lujuria (acerca de la)

Se le llama lujuria (del latín luxus: abundancia, exuberancia) a un deseo sexual desordenado e incontrolable. Para la Iglesia católica romana es un pecado capital, para el hinduismo es a su vez uno de los cinco males.

William-Adolphe Bouguereau: “Ninfas y Sátiro” (1873)

La Lujuria.

Tradicionalmente se ha entendido la lujuria como “appetitus inorditatus delectationis venerae” es decir como un apetito desordenado de los placeres eróticos. La tradición cristiana subdividió este pecado en la simple fornicación, el estupro, el rapto, el incesto, el sacrilegio, el adulterio, el pecado contra la naturaleza, comprendiendo bajo esta última especie, la polución voluntaria, la sodomía y la bestialidad. La lujuria sería siempre un “pecado mortal” pues involucra directamente la utilización del otro, del prójimo, como un medio y un objeto para la satisfacción de los placeres sexuales.

Hay en este pecado dos grandes principios en juego: el verdadero concepto del amor y la finalidad de la sexualidad. El cristianismo –y gran parte de la tradición clásica especialmente la griega–, entienden por “amor” algo muy distinto de lo que el mundo contemporáneo comprende. El concepto de amor tiene una importancia central en el cristianismo. De hecho Dios mismo es identificado con el amor. Para el cristiano el amor es “superabundancia”, capacidad de dar y de darse, “caritas”, en definitiva: caridad, una de las tres Virtudes Teologales. De esta manera el amor implica un donarse, un darse por el otro, por el prójimo. Recordemos la segunda parte del único mandamiento que anuncia el Nuevo Testamento: “…amar al prójimo como a sí mismo”. El amor cristiano, y también el griego, está, de esta forma, desligado en su origen de cualquier tipo de sexualidad, incluso de la corporeidad. Lo erótico es una consecuencia, un plus totalmente prescindible. La casi sinonimia entre amor y sexo es producto de la modernidad. El “hacer el amor” como sinónimo de “relación sexual” es el mejor ejemplo de lo anterior. La Lujuria sería entonces totalmente contraria al amor –y a Dios– entendido en términos cristianos. El pecado de la lujuria no considera al otro como una “persona” válida y valiosa en sí misma, como un fin en sí misma por el cual tendríamos que darnos. El otro pasa a ser un objeto una cosa que satisface la más fuerte de las satisfacciones corporales, el placer sexual. Aun más, el sujeto mismo que incurre en un acto lujurioso se convierte a sí en un objeto, que olvida o suspende su propia dignidad.Por otro lado, para el pensamiento cristiano la sexualidad tiene una finalidad preestablecida, única y clara. La reproducción y la perpetuación de la especie. Esta clara finalidad da también sentido a la existencia del hombre ordenado su acción en vista del amor de Dios. La lujuria, en cambio, que no tiene en vistas la finalidad de la reproducción y que por esto pierde todo sentido, se convierte en una acción bacía, sin sentido, que de alguna manera nadifica al hombre y lo aleja del Ser de Dios.

(Fragmento Fdo. Mauricio González U. en la revista de filosofía “Poiesis”).

¿Por qué he de renunciar a la lujuria?

Muchos de nosotros acudimos a Sexólicos Anónimos (SA) debido a que nuestros pensamientos y actividades sexuales autodestructivas nos habían conducido a la desesperación total. En las reuniones de SA descubrimos, para sorpresa nuestra, que la lujuria era la fuerza que impulsaba nuestras prácticas sexuales adictivas. La lujuria sexual es un pensamiento o apetito que nos lleva a utilizarnos a nosotros mismos, a otros o a determinadas cosas con propósitos destructivos y egocéntricos. La enfermedad espiritual de la lujuria nos exige estímulos sexuales en vez de lo que un Poder Superior o Dios, tal como lo entendemos, nos ofrece en ese momento. Más tarde llegamos a comprender que lujuria es querer cualquier cosa menos lo que un Poder Superior, o Dios tal como nosotros lo entendemos, nos proporciona. En un principio nos resultaba difícil de creer. A medida que comenzábamos a aceptar este hecho, nos preguntábamos cómo íbamos a poder vivir sin lujuria. Estaba claro que teníamos que renunciar a la misma, pero a su vez dudábamos que fuera posible la vida sin lujuria.

En la fraternidad de SA, conocimos a personas que habían encontrado la forma de interrumpir sus conductas sexuales autodestructivas. Eso también nos resultaba increíble. Sin embargo, su sinceridad y la felicidad que irradiaban sus rostros nos decían que era verdad. Habían logrado la respuesta que con tanta desesperación buscábamos.

¿Por qué no puedo “disfrutar” de la lujuria, aunque sea “sólo un poquito”?

Desde los primeros días de nuestra enfermedad habíamos pensado que la lujuria era nuestra amiga. La utilizábamos por muchas razones: para divertirnos, para tapar el dolor, para no tener que enfrentarnos a nuestros problemas. En un momento determinado nos dimos cuenta de que la lujuria se había convertido en un problema mayor que los problemas de los que tratábamos de huir. La medicina se había convertido en un veneno. La “solución” se había transformado en el problema. Habíamos perdido el control.

La lujuria, para nosotros, es como montarnos en una montaña rusa en un parque de atracciones. Una vez que el vehículo se pone en marcha, es imposible parar. Por tanto, la lujuria debe ser frenada justo en su comienzo, antes del primer trago. Para liberarnos de la influencia de la lujuria, por tanto, debemos tratar de impedir que penetre en nosotros. Esto implicaba dejar de buscar emociones y riesgos. Pero, ¿cómo íbamos a abandonar algo que con nuestro consentimiento había dominado nuestra vida durante tantos años? ¿Cómo íbamos a conseguir aquello que mil y una veces nos había resultado imposible lograr?

Nuestra adicción a la lujuria es como el problema del alcohólico con el alcohol. De la misma manera que el alcohólico no puede tolerar una gota de alcohol, los sexólicos no podemos tolerar el más mínimo trago de lujuria. La lujuria siempre exige más lujuria, hasta que al final acabamos borrachos. Una vez embriagados, el deseo de realizar conductas sexuales adictivas es imposible de resistir. Y lo que es incluso peor, la lujuria nos arrastra cada vez con más fuerza hacia conductas que nos habíamos prometido a nosotros mismos que nunca practicaríamos. La vergüenza que estas conductas nos ocasionan a su vez nos exigían todavía más lujuria para taparlas. Disfrutar “sólo un poquito” no funciona para sexólicos de nuestra clase.

¿Cómo puedo renunciar a la lujuria?

En primer lugar aceptamos el hecho de que si permitíamos que la lujuria se alojara en nuestro interior ello nos llevaría a practicar alguna conducta sexual adictiva. La idea de que podíamos interrumpir nuestras conductas sexuales perjudiciales y a la vez permitir que hubiera lujuria en nuestra cabeza debería ser superada. La conclusión era clarísima: teníamos que liberarnos de la lujuria si queríamos interrumpir nuestras prácticas sexuales adictivas.

En segundo lugar admitimos que no disponíamos de la fuerza necesaria para parar y que necesitábamos un poder superior a nosotros mismos. Reconocer nuestra debilidad equivale a reconocer la necesidad del proceso de recuperación de los doce pasos, del apoyo de otros miembros en recuperación, y de un Poder Superior o Dios tal como nosotros lo entendemos.

En tercer lugar decidimos seguir el sencillo programa de recuperación de SA.

Estos tres puntos se transformaron en las claves de nuestra progresiva victoria sobre la lujuria. Dejamos de luchar con la lujuria, comenzamos a renunciar a la misma y a ponerla en manos de nuestro Poder Superior. Una vez que superamos nuestra desesperación inicial, fuimos capaces de entregarnos por completo a este programa de recuperación conocido como de los doce pasos.

¿Qué va a ser de mí?

Nosotros, los que tenemos problemas con la lujuria, conocemos a la perfección qué efectos tiene. La lujuria es un muro que nos separa y nos impide disfrutar de relaciones satisfactorias con Dios y con la gente que nos rodea. La lujuria nos empuja y encierra, cada vez con más fuerza, hacia nuestro interior provocando nuestro aislamiento, soledad y desesperación. Pero en la medida en la que superamos el ciclo de la lujuria al trabajar los pasos de la recuperación, nuestra vida experimenta un cambio notable.

A medida que nos recuperamos, adquirimos un nuevo sentimiento de dignidad y nos sentimos felices por estar vivos. ¡Ya no tenemos que escondernos! Se quedan atrás las mentiras y la doble vida que nos caracterizaba. A medida que desaparece el peso de la vergüenza y la culpa disponemos de mayor energía para nuestra familia y nuestros amigos, para el trabajo y para el ocio. Nuestro rostro, que antes expresaba preocupación y amargura, pasa a irradiar una vida resplandeciente de felicidad, gozo y libertad.

Superar las conductas lujuriosas que tenemos

Nuestra experiencia personal nos enseña que la lujuria es astuta, desconcertante y poderosa, y muy paciente. En nuestra rutina cotidiana, nos planteamos cómo vamos a poder vencer a un enemigo que nunca descansa y nunca se rinde.

En el pasado, cuando la lujuria llamaba a la puerta, siempre le abríamos. No teníamos otra opción. Pero hoy, con la recuperación, tenemos otras alternativas. Disponemos de muchas herramientas que podemos emplear para mantener la puerta cerrada a la lujuria. He aquí unas cuantas:

La sinceridad — Durante mucho tiempo no nos atrevíamos a decirle a nadie lo que pasaba por nuestra cabeza. Los secretos permitían que nuestros pensamientos adictivos se consolidaran y aumentaran. Al decirle a otros miembros de SA lo que pensábamos y lo que hacíamos, comprobamos que disminuía gran parte del poder que sobre nosotros ejercían. Por tanto, es conveniente que los miembros de SA sean sinceros tanto a la hora de intervenir en las reuniones como al hablar con otros miembros fuera de las mismas.

Evitar los disparadores o detonantes — Son muchas las cosas que pueden desencadenar la lujuria: las películas, las revistas, las playas y piscinas, Internet, incluso determinadas partes del periódico. No hay duda de que disponemos de innumerables oportunidades de satisfacer la lujuria. Un examen detenido y sincero de nuestra vida nos puede ayudar a identificar los pensamientos, personas, lugares y objetos que normalmente nos causan más problemas. Una vez identificados, los evitamos para reducir las oportunidades de caer en la lujuria.

La oración — Recurrimos a todo tipo de oraciones para liberarnos de la lujuria. Una muy breve puede ser: “Díos mío, ayúdame”. Muchos de nosotros pedimos a Dios que bendiga a la persona objeto de nuestra tentación. Le pedimos a Dios que le proporcione todas las cosas buenas que deseamos para nosotros mismos. Al actuar así, dicha persona deja de ser un objeto lujurioso para convertirse en una criatura de Dios. Otra oración, muy sencilla, es: “Dios mío, que encuentre en ti lo que busco en esa persona”.

El apadrinamiento — Un padrino o una madrina es un miembro con más experiencia que nos ayuda a trabajar los doce pasos de la recuperación. En teoría un padrino o madrina ha de trabajar los pasos, acudir a las reuniones y al mismo tiempo tener un padrino o madrina que a su vez le ayuda. Esta persona nos puede ayudar a utilizar los pasos para renunciar a la obsesión con la lujuria para así vivir una vida equilibrada y gozosa.

¿Cómo podemos estar seguros de que estas herramientas nos servirán? La experiencia de miles de sexólicos en recuperación nos indica que les resultan útiles en su vida, día a día.

¡No perdamos la esperanza!

La victoria progresiva sobre la lujuria es posible. Le pedimos ayuda a Dios, tal como nosotros lo entendemos; recibimos ayuda de la fraternidad de SA; y trabajamos los doce pasos para recuperarnos. Quien siga este plan encontrará sin duda un gran alivio frente a las arremetidas de la lujuria.

Recuerda, la lujuria no va a desaparecer de la noche a la mañana. Hemos de enfrentarnos a la lujuria paso a paso, día a día. La lujuria es tenaz; no renunciará fácilmente. Nuestra experiencia, sin embargo, nos muestra que cualquier persona que padezca de sexolismo puede mejorar si está dispuesto a ser sincero al abordar su problema y trabaja los doce pasos y tradiciones del programa de recuperación de SA. Una vida de libertad está al alcance de todos.

¡Recuerda que ya no estás solo! Hay muchas otras personas que tienen tu mismo problema pero están recuperándose y te están esperando para ayudarte a caminar por esa senda. Nunca más tienes por qué estar solo.

¡Vente con nosotros!

SA International Central Office (Oficina Internacional de S.A.)

P.O. Box 3565

Brentwood TN 37024-3565

Estados Unidos de América

Teléfonos oficina central (615) 3706062

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