Humildad, un punto de vista… (solo para “filosos”, perdón, filósofos)

A propósito de la humildad

(Alfonso Fernández Tresguerres ISSN 1579-3974 El Catoblepas • sumario del número 24 • febrero 2004)

Determinar lo que sea la humildad nos obliga a diferenciarla

del orgullo y la soberbia, de la vanidad y la jactancia,

mas también de la hipocresía y la abyección

Espinosa le negó un lugar en el reino de las virtudes, relegándola al ámbito de las pasiones, porque: «La humildad no es virtud, es decir, no surge de la razón», sino que es una forma de tristeza; en concreto, la «tristeza acompañada de la idea de nuestra debilidad». Mas es preciso matizar, pues si bien es cierto que hay un modo vicioso y triste de humildad, también lo es que existe una forma virtuosa y lúdica de ser humilde.

1

Descartes, y más tarde Kant (no digo que hayan sido los únicos), distinguieron con toda precisión ambos tipos de humildad: la viciosa y la virtuosa. Ocupémonos ahora de la segunda (volveremos más adelante a la primera).

Según Descartes: «La humildad virtuosa consiste únicamente en que, al reflexionar sobre la imperfección de nuestra naturaleza y sobre las faltas que podamos haber cometido en otro tiempo o que somos capaces de cometer, no menores que las que puedan cometer otros, no nos creemos superiores a nadie». Y en opinión de Kant, la humildad auténtica, frente a la falsa humildad o humilitas spuria, es un rasgo distintivo del individuo virtuoso y de auténtica valía: «Las personas de verdadero mérito –leemos en las Lecciones de ética– no son ni soberbias ni fatuas, sino humildes, porque su idea sobre el verdadero valor es tan elevada que no pueden satisfacerla ni igualarse a ella, y son conscientes en todo momento de la distancia que les separa de ese ideal». Así entendida, la humildad no es sino una forma específica de conciencia y de lucidez, consistente en el reconocimiento de nuestras propias limitaciones e insuficiencias, o, como quiere Hume, «una insatisfacción con nosotros mismos a causa de algún defecto o debilidad».

En consecuencia, el individuo humilde parece contraponerse de inmediato al vanidoso, mas también al soberbio y al orgulloso. Pero una vez más se hace obligado hilar fino, porque esos tres tipos de temperamentos no son idénticos, sin más, o equivalentes entre sí; al contrario: puede que se hallen tan alejados unos de otros tanto o más de lo que lo están del humilde.

Comenzando por el orgullo, si hemos de entender, como piensa Hume, que «consiste en una determinada satisfacción con nosotros mismos a causa de algún talento o posesión de que disfrutamos», no resulta inmediatamente obvio que se trate de algo intrínsecamente malo o perverso: uno podría sentirse orgulloso, por ejemplo, de sus amigos, y con ello antes podría de relieve la excelencia de éstos que la propia ruindad, porque el orgullo no sería en ese caso más que una forma de agradecimiento y de amistad. Y aun en el supuesto de que la satisfacción tuviese su origen en uno mismo, tampoco se alcanza a ver por qué un sentimiento tal habría de ser considerado automáticamente como vicioso: quien se sienta plenamente pagado de sí mismo es, sin duda alguna, un imbécil, pero muy duro le ha de resultar vivir consigo mismo a quien no experimente la menor satisfacción de sí ni encuentre en él razón alguna donde asentar su autoestima. Una vida en la que uno no halle ningún motivo para sentirse orgulloso de algo ni para sentirse orgulloso ante alguien, no merece la pena ser vivida. Y si el orgullo toma la forma de la aspiración a la autosuficiencia, de no rebajarse ni humillarse, cualquiera que sean los beneficios que se obtengan a cambio, de no aceptar, tampoco, la lástima, la compasión ni la limosna, entonces no es un vicio sino un ideal de vida tan noble como cualquier otro y más que muchos (el ideal de Epicuro, mas también el de los estoicos).

No cabe, en consecuencia, mostrarse de acuerdo con Descartes cuando afirma que el orgullo es siempre vicioso. Otra cosa es que el orgullo traspase los límites que le hemos asignado y se convierta en una estimación excesiva (e infundada) de uno mismo, acompañada, con frecuencia, de un sentimiento injustificado de superioridad sobre los demás, quienes no serán otra cosa que objeto de desprecio. Pero esto tiene más que ver con la soberbia que con el orgullo (y aun con los delirios paranóicos, según hasta dónde alcance esa hipertrofia del yo). Pero el soberbio se halla muy alejado del orgulloso; entre otras cosas, porque la soberbia (seguramente también la vanidad) supone una perdida de la capacidad de autocrítica lindante con la estupidez. Pero es que, además, el orgulloso ni menosprecia a los demás ni aspira a dominarlos (como le sucede al soberbio) ni tampoco a obtener su admiración o reconocimiento (obsesiones del vanidoso); si acaso, a lo que aspira (aspiración tal vez igualmente vana e imposible) es a pasarse perfectamente sin su presencia ni auxilio. El soberbio y el vanidoso necesitan un público, sin el cual no son nada; un público al que dominar o al que impresionar, al que hacer objeto de su desprecio o del que ser adulados; sin los demás están perdidos, y por eso su vicio (la soberbia o la vanidad) los convierten en esclavos del prójimo. Por el contrario, el orgulloso si algo desea es no apoyarse más que en sí mismo; si a algún exceso le conduce su temperamento es tal vez a ignorar a los demás, y, por lo mismo, acaso dé poco, pero no pide nada. En cierto modo, su ideal de vida se mueve en dirección opuesta a la del soberbio y la del vanidoso: estos van desde sí mismos hacia los demás, su existencia no tiene sentido más que en la plaza pública, porque la esencia de su vida estriba en mostrarse y representarse a sí mismos; el orgulloso desea, en cambio, retornar desde los demás hacia sí. En el límite, lo extremado de su carácter, lo cariñosamente risible (al menos para mí, que no estoy ocultando mi simpatía por estos tipos humanos), lo sorprendente, en suma, es que puede intentar mantenerse a flote tirando de sus propios pelos, como hacia el barón de Munchausen.

Kant ha visto y expresado con toda claridad todo esto que, a mi vez, estoy torpemente intentando decir. Permítaseme, pues, apoyarme en sus palabras, y discúlpeseme, asimismo, lo excesivo de la cita: «El orgulloso –escribe Kant– no infravalora a los demás, sino que tan sólo pretende poseer ciertos méritos en razón de los cuales no se doblegará ni humillará ante los otros, creyendo poseer un valor determinado del que no abdicará ante los demás. Este tipo de orgullo es legítimo y razonable siempre que no se traspasen ciertos límites, mas en cuanto alguien pretenda esgrimir ante los demás la posesión de semejante valor, nos encontramos ante el orgullo propiamente dicho, que es un comportamiento vicioso.» Pero obsérvese que eso que Kant denomina orgullo propiamente dicho no es otra cosa que la soberbia; por eso, a reglón seguido continuará diciendo: «La soberbia no consiste en arrogarse un valor y una estima en términos de igualdad con los otros, sino en la pretensión de detentar una estima más alta y un valor más preeminente en relación con uno mismo, así como en hacer gala de un menosprecio respecto a cuanto atañe a los demás. La soberbia es tan odiosa como ridícula, ya que se trata de una valoración enteramente subjetiva». Y todo esto le lleva a Kant a concluir que: «Todo soberbio está algo chiflado, obsesionado como está porque se le reconozca su ansiada superioridad, cuando lo único que consigue realmente es convertirse en objeto de desprecio.» Pues eso.

Pero lo que venimos diciendo (y lo que dice Kant) lleva a pensar que tan lejos como se encuentra la soberbia del orgullo, así de próxima se halla a la vanidad. No parece posible ser soberbio sin una alta carga de vanidad, ni ser vanidoso sin incurrir en algún momento en la soberbia. No quiero decir, sin embargo, que soberbia y vanidad sean lo mismo, porque la vanidad tiene también (como el orgullo o la soberbia) sus rasgos distintivos propios.

El vanidoso, como el soberbio, posee, ciertamente, una estimación excesiva de sí mismo, amparada en un elevado concepto de sus méritos o de sus capacidades, pero lo que le caracteriza frente a aquél es que, antes que dominar, lo que sobre todo ansía es ser admirado y adulado, ser objeto de una consideración excesiva y beneficiario de alabanzas sin cuento (quizá también ser envidiado). Por eso, como el soberbio, depende de los demás hasta el punto de ser su esclavo. Yo no sé si, como sospecha A. Smith, en el fondo no es más que un farsante que no se halla en absoluto convencido de la supuesta superioridad que manifiesta y que lo que busca en realidad es que los demás le vean mejor de lo que él mismo se ve. En este caso la vanidad operaría como un mecanismo compensatorio de un sentimiento de inferioridad, es decir, constituiría un rasgo neurótico. Y seguramente así es en ocasiones. Al menos resulta indudable que en determinados trastornos de la personalidad (el histriónico o el narcisista, por ejemplo), la vanidad (y algunos de sus parientes cercanos, como la mitomanía o la pseudología) tiene una presencia innegable. El vanidoso, como el histriónico, alardea de lo que no posee, y como el narcisista se cree merecedor de un trato especial. Ahora bien, considero excesivo recluir a la vanidad en el ámbito de la psicopatología, porque lo cierto es que hay vanidosos que lo son de veras, quiero decir que existen individuos lo suficientemente estúpidos como para considerarse excelentes.

Aristóteles, que entiende que la vanidad es el vicio por exceso de la magnanimidad, considera que «los vanidosos son necios e ignorantes de sí mismos, y esto es manifiesto -añade-. Pues sin ser dignos emprenden empresas honrosas y después quedan mal. Y se adornan con ropas, aderezos y cosas semejantes, y desean que su buena fortuna sea conocida de todos, y hablan de ella creyendo que así serán honrados». El vanidoso es también, según Aristóteles, esencialmente jactancioso, pues «pretende reputación en cosas que no le pertenecen». Y, en suma, «se juzga a sí mismo digno de grandes cosas siendo indigno».

J. Swift, en cambio, interpreta la vanidad (irónicamente) como una forma de humildad: «Ser vanidoso –afirma– es más una señal de humildad que de orgullo. Los vanidosos se regocijan explicando los honores que les han sido concedidos, los grandes personajes con los que se han codeado y otras cosas por el estilo, mediante lo cual confiesan palmariamente que esos honores estaban por encima de sus merecimientos, ya que sus amigos no se los creerían si no se los hubiera explicado. Mientras que el hombre verdaderamente orgulloso considera que los más altos honores están por debajo de sus méritos y consecuentemente desdeña vanagloriarse de ellos. Yo, por lo tanto –concluye–, tengo como máxima que quien aspire a tener el carácter de un hombre orgulloso debería ocultar su vanidad.»

La observación de Swift nos remite de nuevo a la sospecha de A. Smith, acerca de que el vanidoso no cree realmente en la superioridad de la que alardea. Pero, como decía antes, a mí me parece que vanidosos auténticos también los hay, vanidosos sin más, sin traumas ocultos que la vanidad enmascara ni sentimientos de inferioridad que compensar, vanidosos en estado puro, tontos de una sola pieza, enterizos. Y yo creo que a éstos (y también a los soberbios) es a los que verdaderamente se opone la humildad, y no tanto a los orgullosos, porque el individuo auténticamente orgulloso ni se considera a sí mismo por encima del prójimo ni entiende que cualquier honor se encuentra por debajo de su valía: sencillamente, ni le importa demasiado el prójimo ni le interesan en exceso los honores que éste puede dispensarle. Lo que le delata en su relación con los demás no es tanto el menosprecio y el afán de dominio (como al soberbio) ni la presunción y el deseo de halagos (como al vanidoso), sino la indiferencia, y en el límite, el desdén. Pero esto no es incompatible (creo yo) con un cierto reconocimiento de las propias insuficiencias y debilidades. Y esto, y no otra cosa, es, en sentido estricto, la humildad. Porque la humildad, adecuadamente entendida (la humildad virtuosa), no es sino una modalidad de la ironía (Aristóteles estaría de acuerdo. Supongo que Sócrates también): aquélla que, haciéndonos a nosotros mismos objeto de un inteligente ejercicio irónico, nos impide caer en la fatuidad, al tiempo que nos libra de la estupidez de tomarnos demasiado en serio. Ser humilde es una manera de burlarnos cariñosamente de nosotros mismos. Y por eso, no es una forma de tristeza (como pensaba Espinosa), sino de regocijo. Pero no es fácil. Decía Emerson que: «Es muy difícil ser lo suficientemente humilde para ser buena persona.» Yo más bien creo que es muy difícil ser lo suficientemente inteligente para ser humilde.

2

Mas existe también, según decíamos, una forma viciosa de humildad. En una de sus manifestaciones viene a identificarse con la pusilanimidad; en la otra, con la hipocresía.

El pusilánime es aquel individuo en el que su humildad llega al extremo de constituirse en una ausencia completa de confianza en sí mismo, privándole de toda audacia y fuerza de ánimo, y, en último término, a subestimarse y a vivir en permanente estado de abatimiento y abyección (consistente ésta en «estimarse a sí mismo menos de lo justo por tristeza», según Espinosa).

Aristóteles entiende la pusilanimidad como el vicio por defecto de la magnanimidad, contraponiéndola, de este modo, a la vanidad. El pusilánime es aquel individuo que siempre se considera indigno de menos de lo que merece, con lo que, además de poner de manifiesto una falta de conocimiento de sí mismo, se priva de aquello a lo que tiene pleno derecho, lo que en modo alguno es una virtud, sino un defecto, y más aún: una necedad, porque, como señala Aristóteles, «el que no actúa de acuerdo con su mérito es necio y ningún hombre excelente es necio ni insensato».

Al pusilánime le sobra timidez e inseguridad, derrotado de antemano, lo milagroso es que pudiera llegar a alcanzar alguno de los objetivos que se propone, y eso suponiendo que disponga de la suficiente fuerza de ánimo para marcarse alguno. Se trata, en verdad, de un carácter bien triste, máxime teniendo en cuenta que, junto con aquello a lo que legítimamente podría aspirar, pierde también la consideración y el respeto de los demás: se esfuerza tanto en mostrarse abyecto que, finalmente, los otros lo tienen por tal. De este modo, el pusilánime acaba por descubrir que aquello de que «el que se humilla será ensalzado» (principio rector del hipócrita), no funciona en su caso, porque lo cierto es que en él se cumple más bien lo contrario, a saber: que «el que se humilla será humillado». Lo que, por otra parte, no deja de ser consecuencia más lógica y justa: si te empeñas en parecer despreciable, acabarás por serlo de veras.

Sin duda, es preferible ser soberbio o vanidoso, porque ser pusilánime no es defecto menor que éstos ni debilidad de carácter más nimia, y es, en cambio, cosa mucho más triste y dolorosa. Al soberbio o al vanidoso siempre les queda la esperanza de encontrar alguien que crea en su excelencia (porque siempre hay alguien dispuesto a creer cualquier cosa). La desgracia del pusilánime estriba, empero, en que todos le creen, porque la gente puede dudar más o menos de la supuesta superioridad que manifiestas o de la que haces gala, pero creerá a pies juntillas en tu inferioridad a poco que tus maneras inseguras le permitan deducirla. Hay que convencer a los demás de nuestras virtudes, pero de nuestros defectos se convencen solos.

Yo creo que acierta Aristóteles al considerar a la pusilanimidad peor y más opuesta a la virtud (a la magnanimidad) que la vanidad. Y acierta también A. Smith cuando observa que quien se subestima es más infeliz y desgraciado que el soberbio o el vanidoso, con el agravante de que se encuentra también más expuesto al desprecio del prójimo.

Sucede, sin embargo, que, en ocasiones, el pusilánime no es tal, sino que sólo lo aparenta, y entonces ya no nos encontramos ante un individuo presa de una humildad insana o una timidez enfermiza, sino ante un hipócrita. En palabras de Kant, esa falsa humildad «consiste en renunciar a toda pretensión de tener algún valor en sí mismo, persuadidos de lograr precisamente con ello un valor escondido».

Ciertamente, el hipócrita es ante todo un fingidor. No es casual que «hipocresía» venga de hypokrisia, cuyo significado era el de la interpretación de un papel teatral. Y, en efecto, el hipócrita es ante todo un actor, alguien que finge sin cesar, que finge sentimientos o emociones, cualidades o virtudes. Necesita, por tanto, un público ante el que exhibirse (lo mismo que el soberbio y el vanidoso). En esto se parece al histriónico, del que le diferencian, no obstante, dos cosas: por una parte, al histriónico sus gestos teatrales le delatan, en tanto que el hipócrita es más sutil; por otro, la fabulación de aquél (riqueza, poder, fama, amor, etc.) va encaminada a presentarlo como un individuo superior; en cambio el hipócrita fabula (y finge) justamente en la dirección contraria: en la dirección, precisamente, de la humildad. Simula sentimientos que no posee y virtudes que desconoce, pero el compendio de todos esos sentimientos es el de pequeñez, y el compendio de todas esas virtudes, la humildad. Y a veces, borrachos de falsedad, llevan hasta tal extremo su simulación de insignificancia, por ejemplo, negando poseer (como observa Aristóteles) cualidades tan insignificantes y manifiestas, que acaban por descubrirse y desvelar su juego.

Esa necesidad fundamental de un público que le observe, como digo, le aproxima, asimismo, al soberbio y al vanidoso, pero los móviles del hipócrita son con mucho más miserables, porque a aquéllos les basta, quizá, con que los demás se sientan impresionados por su grandeza o por su excelencia, buscan, en el fondo, admiración, pero el hipócrita persigue siempre un beneficio: a veces nada menos que el Reino de los Cielos («El que se humilla será ensalzado»: ¿puede alguien imaginar lema mejor para la hipocresía). El hipócrita no desdeña ser admirado, pero lo que en verdad quiere es ser recompensado. Y conoce en cada caso, con entera claridad, la recompensa que busca. Por eso no vive engañado, sino que vive para engañar. Como observa Kant: «El hipócrita simula que sus motivos e intenciones son irreprochables, aun cuando sabe que son dignos de censura.»

Mas no se interprete lo anterior como un intento de apología del soberbio y del vanidoso frente al hipócrita, porque con harta frecuencia los tres son un solo, y a ellos suele unirse, también con mucha frecuencia, el pusilánime, porque la abyección no es sino una de las máscaras extremas que suele adoptar la hipocresía: «mientras que los que tienen un espíritu más abierto y generoso no cambian de humor por las prosperidades o adversidades que les ocurran –escribe Descartes–, quienes lo tienen débil y abyecto están a merced de la fortuna, y la prosperidad los hace vanagloriarse tanto como humildes los vuelve la adversidad. Incluso podemos observar a menudo que se rebajan vergonzosamente ante aquellos de quienes esperan algún beneficio o temen algún mal y que, al mismo tiempo, se yerguen insolentemente por encima de aquellos de los cuales no esperan ni temen nada». También Maquiavelo sospechaba algo similar: «Es connatural a los hombres soberbios y viles –afirma– ser en la prosperidad insolentes y en la adversidad abyectos y humildes».

Nos es raro, desde luego, que soberbio y vanidoso se muestren humildes (incluso hasta la abyección) cuando les conviene, y en esto consiste esencialmente la hipocresía. Con justicia observa Espinosa que «quienes se creen ser sumamente abyectos y humildes, son las más de las veces sumamente ambiciosos y vanidosos».

La falsa humildad no suele ser, pues, más que la máscara hipócrita tras la cual se ocultan muchas veces la soberbia y la vanidad, mas también la jactancia y casi siempre el interés, porque el juego miserable de esa mentira se despliega siempre con algún objetivo: conseguir el halago o el reconocimiento, el perdón o el poder. Una vez más, el duque de la Rochefoucauld acierta cuando diagnostica que: «A menudo la humildad no es más que un sumisión fingida de la que nos servimos para someter a los demás.»

Sin duda, la vanidad y la soberbia son vicios bien deplorables (la pusilanimidad, por su parte, no es sino una debilidad de carácter que sólo a su dueño perjudica), pero sobre ellos reina la hipocresía, porque ésta suele ser el punto en el que convergen confluyen las maldades todas, ya que, como observa Feijoo, no hay maldad que no busque disimularse y refugiarse tras la mirada ladina del hipócrita, con lo que, al cabo, la hipocresía es miseria e impostura trascendente (extensible) al conjunto entero de los vicios: «Es en el Mundo mucho mayor el número de los hipócritas de lo que comúnmente se piensa –afirma Feijoo–. No hay vicio tan transcendente. Todos los malos son hipócritas. Parece paradoja. ¿No hay hombres (me dirás), que hacen gala del vicio? Respondo, que sí; pero no de todo vicio. Descubren aquella parte del alma que no pueden esconder, y con la jactancia se defienden de la confusión. Ponen corona al vicio, porque no desautorice la persona. Aunque es peor la maldad arrogante que la tímida, esta es despreciada, aquella temida. Una pasión muy dominante rompe todos los reparos de la cautela, y en esta situación, no pudiendo el delincuente evitar con el disimulo el odio, procura granjear con la soberbia el medio. Es esta una nueva hipocresía, con que desmiente su propia conciencia. Feo es el delito a sus ojos, y quiere con la gala que le viste, deslumbrar los ajenos. Para que el común no insulte al que es conocido por malo, no hay otro arbitrio, que sacar al público la culpa armada de osadía.»

Es claro que lo óptimo sería un justo reconocimiento de nuestras capacidades y de nuestras insuficiencias, de nuestras virtudes y defectos, pero toda vez que tal objetividad es poco menos que utópica, yo quisiera hallarme lejos de la vanidad y la soberbia (no tanto para ser bueno como para no ser tonto), pero más lejos aún de la hipocresía. Y, sobremanera, no desearía caer en la debilidad de la abyección, porque con ésta (cuando es sincera) no eres menos tonto, y sí eres, por el contrario, más infeliz. Tenemos pocas cosas, a parte de a nosotros mismos, como para permitirnos el lujo de subestimarnos. Y como (según creo) lo contrario de esta humildad insana es el orgullo (a ella es a quien realmente se opone, no a la humildad virtuosa o irónica), si hemos de pecar de algo, que sea de orgullosos, porque yo al menos estoy de acuerdo con A. Smith cuando sostiene que: «En casi todas las circunstancias, en cualquier aspecto, es mejor ser un poco demasiado orgulloso que un poco demasiado humilde.»

Tomado enteramente de:

El Catoblepas • sumario del número 24 • febrero 2004, ISSN 1579-3974, Alfonso Fernández Tresguerres.

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