Razón y Fe (William James)

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William James (11 de enero de 1842 en New York – 26 de agosto de 1910 en New Hampshire) filósofo estadounidense con una larga y brillante carrera en la Universidad de Harvard, donde fue profesor de psicología.

William James (1905)

Este ensayo de William James fue publicado póstumamente en 1924 en Journal of Philosophy (24: 197). Además está recogido en sus obras completas: William James, “Reason and Faith” (1905) en Burckhardt F., Bowers F. Y Skrupskelis I. (eds.), The Works of William James, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1982, IX, pp. 124-128.:

“Se me ha pedido que hable sobre Fe y Razón, sin embargo no se ha propuesto ninguna cuestión definida respecto a ellas. Además, se ha anunciado en la prensa que probablemente el Profesor Howison y yo nos enfrentaríamos, pero espero sinceramente que no sea así. Si lo hacemos, será seguramente sobre la cuestión de la autosuficiencia de la Razón para alcanzar conclusiones religiosas sin la ayuda de la fe, de modo que comenzaré, con su permiso, hablando sobre este asunto.” …

Si la Razón debe o no ser considerada como autosuficiente depende de lo que se entienda por Razón. Estricta y técnicamente, la Razón es una facultad no de hechos sino de principios y relaciones. Al margen de sus propios recursos no puede establecer qué hechos existen; pero si le es dado un hecho, es capaz de inferir otro, y se supone que mediante ciertos principios que posee, es capaz de establecer con anticipación qué relaciones deben tener unos hechos con otros, que las causas por ejemplo, deben preceder y no seguir a sus efectos, y otras parecidas.

La cuestión religiosa es del todo una cuestión fáctica. ¿Existe o no un Dios? ¿Se encuentra el mundo realmente conducido por sus fuerzas más altas o por las más bajas? Sentir que las cosas son más altas o más bajas, pero confesar que las cosas más elevadas carecen de potencia, sería una conclusión irreligiosa. Si hubiera un Dios, la Razón podría ser teísta y decir que existimos junto a él, o panteísta y decir que somos parte de él; pero la Razón tan sólo puede inferir que exista un Dios a partir de los hechos de la experiencia, de su naturaleza en cuanto que necesitan una causa, o del propósito que manifiestan.

Si entendemos la Razón en este sentido estricto de una facultad de inferencia, nada es más notable que su insuficiencia para extraer conclusiones religiosas con una base sólida. El propio ateísmo siempre ha apelado a la Razón en busca de apoyo, por no hablar de las disputas del panteísmo y del teísmo. El libro más profundamente ateo que he podido ver últimamente es Vida de la Razón, de mi colega Santayana, que les recomiendo a todos que lean. Por otra parte, tal y como ustedes saben, para mi colega Royce la existencia de Dios es el único hecho que la Razón asegura. ¿A cuál de estos pensadores mueve la genuina Razón? Hablando del comportamiento humano, y juzgando mediante otras pruebas que no sean la religiosa, la Razón es en ambos muy superior a lo que lo es en la mayoría de nosotros. Ninguno de los dos puede proclamar su monopolio; ninguno puede decir que su colega no la emplea, pero alcanza sus conclusiones mediante una Fe ciega.

Los hombres del mundo podrían decir probablemente que la Fe se encuentra implícita en las conclusiones de ambos. Su Razón señala la entrada y su Fe entra. La Fe emplea una lógica completamente distinta de la lógica de la Razón. La Razón exige certeza y finalidad para sus conclusiones. La Fe se conforma si las suyas parecen probables y casi juiciosas.

La forma de la Fe es algo así: Si consideramos una determinada visión del mundo, siente que “Es adecuada para ser verdadera”; “estaría bien si fuera verdadera, tendría que ser verdadera; podría ser verdadera; puede ser cierta”, dice, “debería ser verdadera” continua; “Será verdadera”, concluye, “para mí; esto es, voy a considerarla como si fuera cierta en lo que a mi advocación y acciones concierne”.

Obviamente, ésta no es una cadena intelectual de inferencias, como las sorites de los libros de lógica. Podría llamarse si ustedes quieren, la “escalera de la fe”; pero, le llamen como le llamen, es la clase de pendiente en la que vivimos habitualmente. Nuestras conclusiones sobre cualquier asunto complejo no pueden ser mas que probables. Empleamos nuestros sentimientos, nuestra buena voluntad, en juzgar dónde reside la mayor probabilidad, y cuando nuestro juicio ya está conformado, volvemos prácticamente la espalda a las posibilidades más pequeñas, como si éstas no estuvieran ahí. La probabilidad, como saben, es matemáticamente expresable mediante una fracción. Sin embargo, rara vez podemos actuar fraccionadamente -media acción no es acción (¿cuál es la utilidad de medio asesinar a nuestro enemigo? -mejor si no lo tocamos en absoluto); para los propósitos de la acción equiparamos la idea más probable a 1 (o certeza) y consideramos otras ideas como cero.

Llegados a este punto los defensores de la autosuficiencia de la Razón pueden seguir una de las dos direcciones, pero no ambas.

Pueden aceptar la escalera de la fe y adoptarla, pero llamándola al mismo tiempo un ejercicio de Razón. En este caso cierran la controversia mediante una definición verbal, lo que equivale a una capitulación material frente a la facción opuesta.

Otra posibilidad es adherirse a la definición más común de la Razón, y prohibirnos la escalera de la fe, como algo que sólo tiende al error. “Fortalézcase frente a esa pendiente” podrían decir; “espere a una completa evidencia; sólo la Razón y los hechos deben decidir; deje al margen su buena voluntad; no se mueva hasta que no esté seguro”. Pero esta advertencia es tan obviamente imposible de seguir en cualquier asunto práctico o teórico, y los propios racionalistas la siguen tan poco en sus libros y en su práctica, fornicando como lo hacen habitualmente con la inmundicia que denuncian, que no veo cómo podría ser considerada seriamente. Virtualmente equivale a prohibirnos vivir.

Concluyo por tanto, que no queda ya nada por discutir. Si la palabra Razón se utiliza para reemplazar el proceso de la fe, entonces la Razón es en efecto, autosuficiente. Pero si se emplea para excluir el proceso de la fe, entonces su insuficiencia para fundamentar de manera sólida la religión de un hombre me parece demasiado obvia como para que pueda desarrollarse ninguna discusión posterior.

Sin embargo puede que haya confundido por completo que quieren decir. Quizá tengan en perspectiva la Razón frente a la Experiencia antes que Razón frente a Fe. En ese caso, creo que todavía queda algo por decir.

Estamos de acuerdo en que la cuestión religiosa es una cuestión sobre hechos. El racionalismo religioso piensa que de los hechos de la experiencia finita la Razón puede inferir el Infinito, de lo visible puede inferir el mundo invisible.

Ahora bien, históricamente la pretensión del racionalismo religioso ha sido que todos los hechos de la experiencia, correctamente interpretados, hechos físicos y hechos morales, llevan a conclusiones religiosas, y que los hechos específicamente religiosos, como conversiones, intuiciones místicas o señales providenciales, aunque pueden confirmar nuestra religión, no son necesarios para establecerla en primera instancia. Factores naturales comunes lo harán.

Sin embargo, debo repetir aquí lo que dije al principio. Los hechos de la experiencia natural ¿inclinan la Razón del hombre, mientras ésta existe de forma concreta, hacia conclusiones religiosas? Ciertamente aquellos que tienen cualquier otra apariencia de poseer la Razón se han visto conducidos por los hechos del mundo a conclusiones irreligiosas. La gente probablemente siempre concluirá de manera diversa sobre este asunto, tal y como lo ha hecho hasta ahora. Algunos verán en los hechos morales un poder que actúa a favor de la honradez, y en los hechos físicos un poder intelectual que geometriza, que crea orden y ama la belleza. Pero junto a todos esos hechos hay hechos contrarios en abundancia; y el que busca esos hechos, puede igualmente bien inferir un poder que desafíe la honradez, cree desorden, ame la fealdad y conduzca a la muerte. Depende de qué tipo de hecho se señale como el más esencial. Si tu Razón trata de ser imparcial, si recurre a la comparación estadística, y pregunta qué clase de hechos inclinan la balanza, y hacia qué dirección tienden, concluirá, me parece, en la irreligiosidad, a menos que le demos más experiencias religiosas específicas que la guíen, pues la última palabra en todas partes, según la ciencia puramente naturalista, es la palabra Muerte, la sentencia de muerte que la Naturaleza acarrea sobre plantas y bestias, y sobre el hombre y la tribu, y la tierra y el sol, y sobre todo lo que ha producido.

Sin embargo la experiencia religiosa, estrictamente llamada así, ofrece a la Razón un conjunto adicional de hechos para utilizar. Éstos muestran otra posibilidad a la Razón, y entonces puede entrar la Fe.

Brevemente, los hechos a los que me refiero pueden describirse como experiencias de una vida inesperada que suceden en la muerte. Con esto no me estoy refiriendo a la inmortalidad o a la muerte del cuerpo. Quiero decir la muerte y conclusión de ciertos procesos mentales dentro de la experiencia individual, procesos que conducen al fracaso y en algunos individuos al menos, resultan en desesperación. Lo mismo que el amor romántico parece ser una invención literaria relativamente reciente, estas experiencias de una vida que deriva en la desesperación no parecen haber jugado un gran papel en la teología oficial hasta la época de Lutero, y la mejor manera de subrayar su carácter sería posiblemente, establecer una comparación entre nuestra propia vida interior y la de los antiguos Griegos y Romanos.

En lo concerniente a su vida moral, los griegos y los romanos eran pueblos extraordinariamente solemnes. Los habitantes de Atenas pensaban que los mismos dioses debían admirar la rectitud de Foción y Aristides, y estos mismos caballeros eran aparentemente de la misma opinión. La veracidad de Catón era tan impecable que la más extrema incredulidad que un romano podía expresar sobre cualquier cuestión era decir “No me lo hubiera creído ni aunque Catón me lo hubiera dicho”. Para aquella gente, lo bueno era bueno y lo malo era malo. La hipocresía, que introdujo la Iglesia Cristiana, casi no existía; el sistema naturalista se sostenía firme; sus valores no mostraban vacío ni soportaban ironía. Lo individual, si era suficientemente virtuoso, podía cumplir todos los requisitos posibles. El orgullo pagano nunca se hubiera desmoronado.

Lutero se abrió paso a través de aquella capa de autosuficiencia naturalista. Pensó (y posiblemente estaba en lo cierto) que San Pablo ya lo había hecho. La experiencia religiosa de carácter luterano hace quebrar todos nuestros modelos naturalistas. Dicha experiencia muestra que se es fuerte tan sólo siendo débil. No se puede vivir en el orgullo o en la autosuficiencia. Existe una luz bajo la cual todas las distinciones, excelencias y seguridades de nuestros caracteres, naturalmente fundadas y actualmente aceptadas, parecen auténticas chiquilladas. La única puerta hacia los logros más profundos del Universo es renunciar a nuestra vanidad de ser buenos.

Estos logros, son suficientemente familiares para la Cristiandad evangélica y para lo que hoy en día es conocido como la religión del “movimiento de la curación mental” [Mind-cure] o “Nuevo-Pensamiento” [New-Thought]. El fenómeno es el de la sucesión de nuevas variaciones de la vida en nuestros momentos de mayor desesperación. Existen recursos en nosotros mismos que el naturalismo, con sus virtudes literales nunca consideró, posibilidades que nos dejan sin respiración, y nos muestran un mundo mucho más amplio de lo que la física o la Ética filistea puedan imaginar. He aquí un mundo en el que todo está bien, a pesar de ciertas formas de muerte, verdaderamente a causa de ciertas formas de muerte, la muerte de la esperanza, la muerte de la fortaleza, la muerte de la responsabilidad, del miedo y la preocupación, la muerte de todo aquello sobre lo que el paganismo, el naturalismo y el legalismo habían puesto su confianza.

La Razón, actuando sobre el resto de nuestras experiencias, incluso sobre nuestras experiencias psicológicas, jamás hubiera podido inferir estas experiencias específicamente religiosas antes de su aparición real. Ni siquiera podría sospechar su existencia, ya que éstas son discontinuas respecto de la experiencia “natural”, e invierten sus valores. Sin embargo, en la medida en que vienen y son dadas, la Creación se ensancha ante nuestra vista. Sugieren que nuestra experiencia “natural” así llamada, vendría a ser tan sólo un fragmento de la realidad. Debilitan las líneas maestras de la Naturaleza y despliegan las más extrañas posibilidades y perspectivas.

Este es el motivo por el que me parece que la Razón, si trabaja en abstracción de las experiencias específicamente religiosas, siempre omite algo y fracasa en su intento de alcanzar conclusiones completamente adecuadas. Esta es la razón por la que la “experiencia religiosa”, llamada así tan peculiarmente, necesita en mi opinión, ser considerada e interpretada cuidadosamente por todo aquel que aspire a desarrollar una verdadera filosofía religiosa.

Fin de “Razón y fe”, William James (1905). Traducción castellana de Oihana Robador. Fuente textual en The Works of William James, Burkhardt F., Bowers F. y Skrupskelis I. (eds.), Harvard University Press, Cambridge MA, 1982, IX, pp. 124-128.

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