¿Que es la Fe?

Fe es la firme convicción de que algo es verdad, por la absoluta confianza que hemos depositado en algo o alguien. (wikipedia)

(…)Fe es una palabra de alto contenido emocional y difícil de definir, está en la base de toda curación y es en esencia convicción o creencia, depende en cierto grado de factores psíquicos y culturales, así un nativo acude al chamán porque está convencido de que éste podrá ayudarle, igualmente acudimos al médico de más prestigio profesional porque estamos en la creencia de que es el más adecuado para ayudarnos.

El concepto de Fe como convicción lo encontramos en diferentes dominios de la realidad, de ahí que las curaciones por la fe sean variadas y se den en contextos diferentes, y a veces mediadas por individuos que no se tienen específicamente por terapeutas, como sacerdotes o santos, también podríamos mencionar lugares santos, reliquias, manantiales, cuevas y un largo etcétera de personas, objetos y lugares con propiedades terapéuticas. (Frag. Lic. José Antonio Paza Rincón UCM España)

= Fe, según la iglesia católica es una de la tres “virtudes teologales”(Fe, esperanza y caridad), aquí algunas definiciones:

La Fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. (…)

(…) La palabra Fe proviene del latín fides, que significa creer. Fe es aceptar la palabra de otro, entendiéndola y confiando que es honesto y por lo tanto que su palabra es veraz. El motivo básico de toda fe es la autoridad (el derecho de ser creído) de aquel a quien se cree. Este reconocimiento de autoridad ocurre cuando se acepta que el o ella tiene conocimiento sobre lo que dice y posee integridad de manera que no engaña. (Esteban Fresno en monografias.com)

= “Fe” según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua:

Fe (Del lat. fides).

1. f. En la religión católica, primera de las tres virtudes teologales, asentimiento a la revelación de Dios, propuesta por la Iglesia.

2. f. Conjunto de creencias de una religión.

3. f. Conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas.

4. f. Confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo. Tener fe en el médico.

5. f. Creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública.

6. f. Palabra que se da o promesa que se hace a alguien con cierta solemnidad o publicidad.

7. f. Seguridad, aseveración de que algo es cierto. El escribano da fe.

8. f. Documento que certifica la verdad de algo. Fe de soltería, de bautismo.

9. f. fidelidad (lealtad). Guardar la fe conyugal.

Por Ultimo:

Fe es confianza no desafio. (Doce pasos de A.A.)

Bill W. escribre sobre la Fe:

DIOS, tal como lo entendemos

La frase, “Dios, tal como lo entendemos” es quizás la expresión más importante que podemos hallar en todo nuestro vocabulario de A.A. Dentro de la extensión de estas cinco significativas palabras puede estar incluida cualquier clase y grado de fe, junto con la positiva seguridad de que cada uno de nosotros puede escoger la propia. No menos valiosa para nosotros son esas expresiones suplementarias: “Un Poder Superior” y “Un poder más fuerte que nosotros mismos”. Para todos aquellos que niegan, o dudan seriamente en una deidad, estas expresiones en marcan una puerta abierta sobre cuyos límites el incrédulo puede dar su primer paso fácil hacia una realidad hasta aquí desconocida para él: El reino de la fe.

En A.A. tales esfuerzos por abrirse paso son sucesos de la vida diaria. Todos ellos son más notables cundo reflejamos que una fe que sirva de guía había parecido una imposibilidad de primera magnitud para, tal vez, la mitad de nuestra Asociación de más de 1 millón de miembros. Para todos estos incrédulos ha llegado el gran descubrimiento que, tan pronto como ellos pudieron moldear su dependencia principal de un Poder Superior – aún de sus propios grupos de A.A. – quitaron el obstáculo que los enceguecía y les impedía ver el amplio camino que había ante su vista. De ese momento en adelante, dando por sentado que habían tratado esforzadamente de practicar el programa de A.A. con mente abierta, y aún profundizando y ampliando la fe, un verdadero don, se habían presentado invariablemente con una apariencia a veces inesperada y a menudo misteriosa.

Lamentamos mucho que estos hechos de A.A. no sean entendidos por la legión de alcohólicos que hay en el mundo alrededor de nosotros. Algunos de ellos están endemoniados por la horrenda convicción de que si ellos se acercan a un grupo de A.A. serán presionados para someterse a una determinada fe o teología. Sencillamente no se dan cuenta que la fe nunca es una necesidad para ingresar a la asociación de A.A.; que la sobriedad se puede adquirir fácilmente con un mínimum aceptable de fe, y que nuestros conceptos de un Poder Superior y Dios, tal como lo entendemos, proporcionan a todos unas elección casi ilimitada de creencia Espiritual y de acción.

Cómo transmitir esta buena nueva es uno de nuestros problemas más desafiantes en comunicación, pues, puede que no haya una respuesta rápida o arrolladora. Quizás nuestros servicios de información pública podrían empezar a dar énfasis a este aspecto tan importante de A.A. más intensamente. Y dentro de nuestras posiciones podríamos muy bien desarrollar un conocimiento más benévolo de la triste situación en que se encuentran los realmente aislados o que sufren desesperadamente. Lo menos que podemos hacer por ayudarlos es tomar la mejor actitud posible y la acción más ingeniosa que podamos aunar.

Nosotros también podemos analizar fríamente el problema de la “falta de fe”, tal como se presenta en nuestro propio umbral. Aunque más de 1 millón se han recuperado en los últimos 30 años, tal vez 500.000 más han entrado en nuestro seno y han vuelto a salir. No hay duda de que algunos fueron demasiado débiles para hacer siquiera el intento. Otros no pudieron o n quisieron admitir su alcoholismo. Es más, otros o pudieron enfrentar los problemas subyacentes de su personalidad. Muchos se apartaron aún por otras razones.

Sin embargo, no podemos contentarnos con la perspectiva de que todas estas recuperaciones fracasadas fueron enteramente por culpa de los propios recién llegados. Posiblemente una gran mayoría no recibió la clase y cantidad de patrocinio que tan urgentemente necesitaban. No nos comunicamos con ellos cuando podíamos haberlo hecho; de tal manera que nosotros los A.A. los perdimos. Tal vez más a menudo de lo que pensamos, todavía no hemos establecido un contacto profundo con aquellos que sufren el dilema de la falta de fe.

Ciertamente, nadie es más sensible a la seguridad espiritual, al orgullo y la agresión que ellos. Estoy seguro que esto es algo que también olvidamos muy a menudo. En los primeros años de A.A. no hice más que arruinarlo todo con esta clase de arrogancia inconsciente. Dios, tal como yo lo entendía, tenía que ser para todos. Unas veces mi agresividad era sutil y otras era violenta. Pero de todas maneras era dañina, quizás fatal para muchos incrédulos. Naturalmente que esto no se reduce a la practica del Paso 12. Es muy posible que se manifieste en nuestras relaciones con todo el mundo. Aún ahora, me sorprendo yo mismo cantando el viejo refrán: “Has lo que yo hago, cree lo que yo creo – o lo verás”.

He aquí un ejemplo del alto precio del orgullo espiritual: Un candidato con una mente muy cerrada llegó a su primera reunión de A.A. El primer miembro hizo énfasis en su historial. El candidato parecía impresionado. Los dos alcohólicos siguientes (o mejor conferenciantes) enfocaron sus charlas hacia la frase: “Dios, tal como yo lo comprendo”, que pudo haber estado bien pero ciertamente que no lo estuvo. El problema radicó en su actualidad, en la forma en que ellos presentaron su experiencia. Desbordaban arrogancia. En efecto, el orador final fue más lejos con algunas de sus convicciones teológicas. Ambos estaban repitiendo fielmente mi actuación en los años anteriores. Aún sin expresarla, implícitamente en todo lo que decían se encontraban la misma idea: “Escúcenos, amigos. Solamente nosotros hemos captado realmente el programa de A.A. y sería mejor que Uds. también lo entendieran así”.

El candidato dijo que ya con eso tenía y no regresó jamás. Su padrino protestó diciéndole que eso no era realmente A.A., pero era demasiado tarde; nadie pudo establecer contacto con él después del incidente. Además de eso, tuvo un pretexto de primera clase para otra borrachera. Cuando se supo de él por última vez, parecía que estaba listo para una cita prematura con la muerte.

Afortunadamente, esa agresividad exagerada en nombre de la espiritualidad no se ve a menudo hoy en día. No obstante, este inusitado episodio puede convertirse en algo bueno. Podemos preguntarnos si en formas menos obvias pero de todas maneras destructivas, no estamos más sujetos a períodos de soberbia espiritual que lo que nos imaginábamos. Si estamos constantemente preparados, estoy seguro que ninguna otra clase de autoevaluación puede ser más benéfica. Nada podría intensificar mejor nuestra comunicación con Dios y con nuestros semejantes.

Hace muchos años un mal llamado incrédulo me llevó a ver esto muy claramente. Era un médico muy bueno. Lo conocí a él y a su esposa Mary en la casa de un amigo, en una ciudad del Medio Oeste. Se trataba solamente de una reunión social y mi Asociación de alcohólicos era mi único tema y yo monopolicé la conversación. No obstante, el doctor y su esposa parecían realmente interesados y él hizo muchas preguntas. Pero una de ellas me hizo sospechar que él era agnóstico o tal vez ateo.

Este me impulsó a que yo tratara de convertirlo ahí mismo. Muy seriamente, me vanaglorie de mi espectacular experiencia espiritual del año anterior. El doctor suavemente se preguntaba si esa experiencia no podría ser algo diferente de lo que yo pensaba. Esto me dio duro y me volví brusco. No había habido provocación; el doctor se mantenía cortes, con buen humor y aún respetuoso. Me expresó que a él también le gustaría tener una fe firme, pero definitivamente no lo había convencido.

Tres años después volvía a visitar a mi amigo. Mary, su esposa, me informó que había muerto la semana anterior. Muy afectada, empezó a hablarme de él.

El médico pertenecía a una distinguida familia de Boston y se había educado en Harvard. Hubiera podido alcanzar la fama en su profesión, pues era un estudiante muy brillante. Pudo haber disfrutado de jugosos beneficios en la práctica de la medicina y una vida social entre sus amigos. En vez de eso, él insistía en ser el médico de una empresa que estaba en una ciudad industrial sometida a todos los problemas que dichas ciudades conllevan. Mary le pidió muchas veces que regresara a Bostón; él, entonces, acostumbraba tomarle la mano y le decía: “tal vez tienes razón pero soy incapaz de irme. Cree que la gente de esta compañía me necesita realmente”. Mary, entonces, recordó que ella nunca había oído a su esposo quejarse de algo seriamente o criticar acremente a alguien. A pesar de conservar una buena apariencia física, las energías del médico se habían minado en los últimos cinco años. Cuando Mary lo instaba a que saliera por las noches o trataba de que llegara a tiempo a la oficina, él siempre le daba una excusa valedera y con buen humor. No fue sino hasta su última enfermedad repentina cuando ella se dio cuenta que su corazón se encontraba en una condición que podría matarlo en cualquier momento. Salvo otro médico de la compañía, nadie más lo sabía. Cuando ella le reprochó su comportamiento él dijo simplemente: “Bien, no veía la razón de preocupar a la gente por mí – especialmente a ti, querida”.

Esta fue la historia de un hombre de gran valor espiritual. Sus cualidades eran muy fáciles de ver: buen humor y paciencia, amabilidad y valor, humildad y constancia, falta de egoísmo y amor – una demostración a la que yo, tal vez nunca, podría llegar. Este era el hombre que yo había increpado y tratado con arrogancia. Este fue el incrédulo que yo traté de convertir.

Mary me contó esta historia hace más de veinte años. En ese entonces, por primera vez, me impresionó la manera como pude ser tan muerta la fe cuando no hay responsabilidad. El médico poseía una fe total en mis ideales, pero también practicaba la humildad, la sabiduría y la responsabilidad. De ahí, esa soberbia demostración.

Mi propio despertar espiritual me había dado fe inmediata en Dios – un don verdadero, pero no había sido humilde ni sabio. El orgullo y la irresponsabilidad los habían reemplazado. Así, al extinguir mi propia luz, tenía muy poco que ofrecer a mis compañeros alcohólicos y, por lo tanto, mi fe estaba muerta para ellos. Por fin pude ver por qué muchos de ellos se habían marchado – algunos para siempre.

Por lo tanto, la fe es algo mas que nuestro mayor don, el compartir con otros es nuestra más grande responsabilidad. Ojalá que nosotros los A.A. podamos buscar continuamente la sabiduría y la buena voluntad por medio de las cuales podamos ser dignos de la inmensa confianza que el Dador de todos los dones perfectos depositó en nuestras manos. (tomado de “lo mejor de Bill”).

 

 

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